martes, 12 de agosto de 2014

¿Te ves gordo? No te preocupes. En realidad tu cuerpo es prácticamente un 100%... vacío



En el pasado post nos adentramos en la fascinante relación que tenemos con las estrellas. Hoy nos sumergiremos en el interior más íntimo de la materia, en los constituyentes fundamentales de toda la materia con masa observable, incluidos tú y yo: los átomos.

La observación directa de la naturaleza que todos nosotros realizamos, la hacemos bajo una condición muy especial.  Al observar directamente las cosas, toda la materia, no nos queda más remedio que hacerlo bajo la condición del espacio inherente a nosotros: la escala humana. ¿Quiere decir esto que cuando  observamos, por poner un ejemplo, una manzana, es tal y como la vemos? Bueno, para toda nuestra especie una manzana es tal y como la estás ahora imaginando, pero esto no quiere decir que la manzana sea así realmente de una manera absoluta, sino que es así bajo nuestra perspectiva de humanos, bajo la escala humana. Podríamos decir que la realidad de la manzana es relativa. 

Imaginemos que fuésemos del tamaño de una hormiga. ¿Veríamos ahora a la manzana de la misma manera? Claramente, la respuesta es no. Lo que antes nos parecía una superficie casi lisa ahora nos parecería mucho más rugosa. Seríamos capaces de ver detalles que antes no veíamos. Pero a pesar de estos cambios, a éstas escalas, el mundo tal y como lo conocemos no sería radicalmente diferente, en el sentido de que los efectos de las leyes naturales por las que nos regimos no cambiarían radicalmente a esas escalas.


¿Y si fuésemos capaces de reducir nuestro tamaño mucho más? ¿Qué pasaría si redujésemos nuestro tamaño diez mil millones de veces? Cuesta trabajo ser consciente de lo que significa una cifra de reducción tan elevada. Imagina que tenemos un milímetro y lo dividimos en cien partes. Ahora cogemos una de esas diminutas partes y la volvemos a dividir en cien partes más. Ya solamente nos queda un paso, pero aún más potente: cogemos una de esas minúsculas partes y la dividimos ahora en mil partes más. En una de estas diminutísimas mil últimas partes, el mundo no se parecería a nada conocido, y los efectos de las leyes naturales por las que se rige, tampoco. Entraríamos en el campo de la física cuántica, un fascinante mundo donde los acontecimientos naturales desafían por completo nuestra percepción de la realidad y nuestro sentido común. A estas escalas, de ångström,             10-10 m, entraríamos en el mundo de los átomos.


Los átomos son los constituyentes básicos de toda la materia ordinaria. Éstos, a su vez, están formados por las siguientes partículas:

- Unas partículas con carga positiva, los protones, y otras sin carga, los neutrones, formando el núcleo atómico. A su vez, protones y neutrones, como si de un juego de muñecas rusas se tratase, están formados por partículas más pequeñas. Pero nosotros nos quedaremos en este nivel.

- Y otras partículas con carga negativa, los electrones, alrededor del núcleo.

En los átomos neutros el número de electrones es igual al número de protones. De esta manera las cargas positivas compensan a las negativas.

Átomo con 3 protones, 3 neutrones y 3 electrones. En el mundo atómico y subatómico la realidad no tiene nada que ver con la que observamos a nuestra escala, por lo que hacer una representación como ésta de los átomos no tiene sentido. Aun así, por labores didácticas, recurrimos a esta imagen de los mismos.

Dependiendo del número de protones de un átomo, al que denominamos número atómico, se dan los diferentes elementos químicos. Así, el átomo con un solo protón es el Hidrógeno, con dos protones, el Helio, con tres el Litio... y así sucesivamente hasta completar todos los elementos químicos conocidos y recogidos en la tabla periódica.

Tabla periódica con Nº atómico (nº de protones) de los elementos

Como toda la materia con masa está hecha de átomos, y éstos a su vez de otras tres partículas (protones, neutrones y electrones), al final, tanto tú, como yo, como una mota de polvo, como un árbol, como un compuesto químico sintetizado en un laboratorio o como una piedra de un remoto planeta (¡todo es química!), estamos formados por las mismas tres partículas. Únicamente con tres partículas se forma toda la increíble variedad de materia másica ordinaria del Universo. La clave en la gran diversidad de la materia existente está en la infinidad de posibles combinaciones químicas entre los átomos para formar compuestos químicos y en las mezclas de éstos.

Los electrones se organizan en un átomo situándose en diferentes niveles de energía, lo que denominamos orbitales atómicos (regiones del espacio donde hay una mayor probabilidad de encontrar a los electrones). Así, los niveles de menor energía se sitúan más cerca del núcleo y por regla general, cuanto más energético es el orbital, más alejado está del núcleo. Lo podríamos imaginar como una plaza de toros en cuyo centro está situado el núcleo y con los electrones repartidos en las diferentes gradas. Cada una de las gradas representaría un orbital atómico y conforme vamos subiendo en las gradas, iríamos pasando a orbitales con un mayor nivel de energía. Además, cada grada de la plaza tiene un número de asientos concreto, esto es, en cada orbital se pueden acomodar un cierto número de electrones, sin poder nunca superar ese número. Recordemos que el número de electrones de un átomo es igual al número de protones. Pues bien, los electrones se irían acomodando de la siguiente manera: primero llenarían los asientos de la primera grada (el primer orbital, de menor energía). Una vez llenos, si hay más electrones, se situarían en la siguiente grada (en el segundo orbital, de mayor energía) hasta completarla, y así sucesivamente hasta que se acomodasen todos los electrones.

De esta manera, podríamos considerar el tamaño de un átomo, como la distancia desde el núcleo hasta el último orbital (la grada más alta) en el que hay electrones.

Imaginemos ahora que tuviésemos un aparato capaz de aumentar el tamaño de las cosas tanto como quisiésemos. Pensemos en el átomo más sencillo: el átomo de Hidrógeno. Como hemos dicho, este átomo está formado por un protón en el núcleo y un electrón situado en el primer orbital.  Por tanto, el tamaño del átomo vendría dado por la distancia entre el protón y el electrón.

Apliquemos nuestra "máquina agigantadora" al átomo de Hidrógeno. Vamos a aumentar su tamaño hasta conseguir que su núcleo (el protón) sea del orden de un metro. Es un aumento verdaderamente inmenso, pues ya hemos visto el minúsculo tamaño de los átomos. Una vez realizado el aumento, ¿a qué distancia del núcleo encontraríamos al electrón? Pues bien, a esta escala, para encontrar al electrón tendríamos que recorrer nada más y nada menos que alrededor de ¡50 km!

Además de esto, como la masa de un protón es 1800 veces superior a la del electrón, casi la totalidad de la masa de un átomo está concentrada en su núcleo.

¿Y qué hay entre el protón y el electrón? Nada material, vacío. 50 km de viaje a través del vacío para escapar del átomo a partir de un punto en el que se encuentra concentrada casi la totalidad de la masa.  


Protón y electrón en el átomo de Hidrógeno

Siguiendo con nuestra analogía, si el átomo fuese del tamaño de una plaza de toros, el núcleo estaría situado en el centro del mismo y tendría un tamaño de una cabeza de alfiler; y los electrones se encontrarían en las gradas y serían del tamaño de una mota de polvo. Así es, en realidad la materia está prácticamente vacía, hueca.  

Esto parece contradecir a nuestros sentidos. Si casi la totalidad de la materia es vacío... ¿cómo es que un objeto sólido no puede introducirse en otro?

Lo veremos con un ejemplo: si tocas con tu mano cualquier superficie sólida, por ejemplo la superficie de una mesa, nuestros sentidos te dirán que estás en contacto con esa superficie. Por otro lado, evidentemente, tu mano no atravesará la mesa. Esto, que parece tan obvio, choca con el hecho de que la materia esté prácticamente vacía, ya que siendo esto así ¿por qué el espacio vacío de los átomos de mi mano no ocupa el espacio vacío de los átomos de la superficie con la que estoy en contacto?

Cuando dos grupos de átomos de diferentes objetos se acercan, mientras no se produzcan reacciones químicas, las nubes de electrones de las últimas capas se repelen ya que tienen la misma carga (negativa). Así pues, los átomos de tu mano no llegan a estar en contacto material con los de la superficie de la mesa debido a la fuerza de repulsión que aparece como consecuencia de las nubes de electrones. Y esta fuerza es precisamente lo que te provoca la sensación de estar tocando algo. En realidad, por mucho que hagas presión con tu mano en la superficie, nunca llegas a tocar la misma. Si la presión que ejerces sobre la superficie fuese lo suficientemente grande, por ejemplo, golpeando la mesa con todas tus fuerzas, podrías llegar a partir la mesa en dos partes. Aún así no habrías tocado realmente a la mesa, lo que habría pasado es que habrías acercado tanto los átomos, que la fuerza de repulsión sería de tal magnitud que provocaría la rotura de enlaces entre átomos de la superficie de la mesa.

Del mismo modo, cuando estás sentado en una silla, literalmente estás flotando sobre ella, como también podemos decir que estás flotando sobre el suelo cuando caminas... ¿no es increíble?



La próxima vez que observes cualquier objeto material, piensa por un momento en su constitución más íntima, sumérgete mentalmente en su estructura más profunda, piensa en la verdadera naturaleza de la materia de la que está hecho, en el viaje que deberías recorrer en el mundo subatómico para encontrarte con un minúsculo núcleo, y si tienes muchísima suerte, con los más minúsculos todavía electrones; y recuerda que la mayor parte del mismo no es nada material, es sólo vacío.


Dicho lo cual, y haciendo referencia al título (bastante sensacionalista) del post, si te ves muy gordo, cuídate un poco e intenta seguir una dieta sana. Dejando al margen otros motivos, al fin y al cabo, no son partículas subatómicas las que te van mirar, para ellas casi todo sería vacío, sino personas humanas bajo su percepción en la escala humana. ;-)




Esta entrada participa en el 
XXXVIII Carnaval de la Química alojado en el blog Pero eso es otra historia...

miércoles, 30 de julio de 2014

“Contactar con las estrellas”




¿Sabías que has entrado en contacto con las estrellas en multitud de ocasiones? Y no estoy hablando en sentido figurado. Es más fácil de lo que parece. Tan fácil, y tan habitual, que posiblemente no hayas reparado en ello. Pero cada noche que alzas la vista hacia las estrellas, estás entrando en contacto con ellas. Estás sintiendo una pequeñísima porción de las mismas. Diminutas partes de ellas están entrando dentro de ti. Resulta fascinante pensar que puedas sentir un objeto situado a miles de años luz de distancia, pero así es.


Una estrella brilla gracias a su principal constituyente: el hidrógeno, el más sencillo de los elementos químicos. En el interior de una estrella, en su núcleo, las condiciones de presión y temperatura son tan extremas que favorecen que se  produzca la fusión de parejas de núcleos de átomos de hidrógeno para formar un núcleo de un átomo más pesado, el helio. En esta reacción de fusión se libera una gran cantidad de energía, favoreciendo también que nuevos núcleos de hidrógeno se fusionen, produciendo la reacción en cadena responsable de una gran parte de la emisión de energía que nos llega de las estrellas, como nuestro sol. Pues bien, en cada fusión de dos núcleos de átomos de hidrógeno se produce un fotón.
 






El fotón es la partícula elemental constituyente de luz visible, y más generalmente, de todas las ondas electromagnéticas. Así como decimos que la materia ordinaria está formada por partículas subatómicas, las radiaciones electromagnéticas (como la luz visible, infrarroja, ultravioleta...) están formadas por fotones. A diferencia de las partículas subatómicas, el fotón no tiene masa, pero en ciertos casos se comporta como partícula, presentando la dualidad onda-partícula.

Volviendo a la reacción de fusión que se da en las estrellas, una vez que el fotón aparece, comienza su periplo. Este fotón es absorbido y emitido infinidad de veces más hasta que consigue alcanzar la superficie de la estrella, pudiendo tardar en este proceso miles o millones de años. Una vez que alcanza la superficie de la estrella, el fotón ya es libre de comenzar su viaje espacial a la mayor velocidad que se puede viajar en el Universo: casi 300.000 km/s. Así pues, por ejemplo, una vez que aparece un fotón en el núcleo de nuestro sol puede tardar en alcanzar la superficie del mismo un millón de años. Y una vez que el fotón es libre y escapa de la superficie, solamente pasan 8,3 minutos hasta que llega a la Tierra. Por supuesto, como las estrellas que observamos por la noche se encuentran muchísimo más alejadas, los fotones que escapan de éstas y que son los responsables de que seamos capaces de verlas, tardan un tiempo muy superior.

Al alzar la vista en la noche hacia el firmamento, un fotón que escapó de una estrella situada a miles de años luz de distancia a nosotros, ha recorrido todo ese inimaginable espacio-tiempo hasta que llega a nosotros. Hasta que llega a uno de tus ojos, donde es absorbido, transfiriendo al mismo una pequeña cantidad de energía. Y de esa interacción se produce un impulso eléctrico que es interpretado por tu cerebro como una imagen, un color, un destello. Al fin y al cabo eso es una imagen, una representación visual, una interpretación que nuestro cerebro hace de las ondas electromagnéticas visibles provenientes de un objeto.

Nuestro cerebro crea imágenes de objetos a partir de las señales de ondas visibles que de éstos nos llegan, bien porque los propios objetos emitan la luz, o bien por la reflexión de la luz que les llega a los mismos. Como la mayoría de los objetos no emiten luz visible, necesitamos de ésta para poder verlos, a través de la luz reflejada en ellos.
La luz que nos llega del sol está formada principalmente por luz blanca, una superposición de luces de todos los colores del espectro visible, una onda electromagnética formada a su vez por un conjunto de ondas de diferente longitud. Si hacemos pasar un rayo de luz blanca a través de un prisma, esta se descompone en todas las luces del espectro visible.

Descomposición de la luz blanca
  
Nuestro cerebro visualiza los diferentes colores dependiendo de las longitudes de las ondas que les llega. Cada longitud de onda nuestro cerebro lo interpreta como un color diferente. Podría haberse dado el caso, puestos a imaginar, que nuestro cerebro hubiese interpretado cada longitud de onda de la luz como un sonido diferente, pero, a la vista está que nuestra evolución no ha ido por ese camino.

Espectro visible según las diferentes longitudes de onda
Longitud de onda

Un rayo de luz blanca llega a un objeto. Partes de esa luz (unas ondas de determinadas longitudes, unos colores) son absorbidas por el mismo, y otras partes son reflejadas (otras ondas de otras longitudes, otros colores). Que un objeto absorba y refleje diferentes colores depende de su composición y estructura. Así, por ejemplo, cuando visualizamos el color azul de un objeto es porque el mismo refleja la luz de longitud de onda correspondiente al azul y absorbe el resto.



Cuando visualizamos el blanco es porque el objeto refleja toda la luz, de todas las longitudes de onda; y cuando visualizamos el negro, es porque no refleja nada, toda la luz es absorbida, ¡no estamos viendo nada! (Esto sería así idealmente, en realidad todos los cuerpos cotidianos reflejan algo de la luz que les llega).                                                    


Volviendo a las estrellas, cuando observamos sus destellos, tal como hemos visto, en realidad lo que está pasando es que fotones de esas estrellas han alcanzado nuestros ojos, produciendo una imagen en nuestro cerebro. Debido a la increíble distancia que nos separa de ellas, cuando las observamos, estamos viendo un tiempo pasado de las mismas. Por ejemplo, un fotón que escapó de una estrella situada a mil años-luz de nosotros, justamente tarda todo ese tiempo en llegar a nosotros. Así, puede suceder que observemos estrellas que en ese preciso instante hace tiempo que hayan muerto, podemos estar viendo verdaderos fantasmas.




La próxima vez que mires hacia arriba en la noche, piensa por un momento en el arduo viaje que el fotón de esa lejana estrella ha tenido que realizar hasta que llega a ti. Piensa en los miles de años de viaje incesante, en las miles de estrellas, planetas y, posiblemente formas de vida, que en su viaje ha dejado atrás. Y ese fotón ahora llega a ti, precisamente a ti. Su inmenso viaje llega a su fin. Directamente de su estrella a formar parte de ti.



Carl Sagan decía que somos “polvo de estrellas”, ya que la mayoría de los átomos de los que estamos hechos se forjaron en el interior de las estrellas. Habría también que añadir que además de que nuestro origen provenga de las estrellas, diminutas partes de las mismas continúan entrando a nosotros, formando parte de cada uno de nosotros. 

La humanidad y las estrellas, una  fascinante relación cósmica sin la cual no estaríamos aquí.